Bueno, evaluemos entre todos esta nueva propuesta que no es fácil de entender. La idea de que los jóvenes se vuelvan informantes de la policía es muy, pero muy riesgosa. Serían miles las posibilidades de consecuencias perversas. No es que sea pesimismo, sino realismo. Un informante es un informante y como tal toma partido beligerante. Es decir, que si un joven de los buenos va y le dice a la policía que equis pandilla opera aquí y allá, dicho joven será por A o por B declarado objetivo militar de la susodicha pandilla. ¿O no? ¿exageramos? ¿es pesimismo?
Que se promueva el deber ciudadano a denunciar a la delincuencia es otra cosa. Lógicamente, dicho deber está siempre garantizado bajo un esquema de protección. Si uno denuncia, pero ello conlleva un riesgo a la vida, nadie denuncia ¿o sí? Tendrías que tener vocación de mártir y mártires no nacen todos los días, aunque en nuestra patria el martirio si se hace todos los días.
La idea es la de aumentar el pie de la fuerza pública en las zonas más violentas de las principales ciudades de Colombia. Un policía por cuadra – o para ser más internacional: un policía por calle. Algo extraordinario, pues cuántas calles tienen megápolis como Cali, Medellín, Bogotá, Barranquilla y Cartagena. Eso implica además un gasto público estupendo y un alto nível de burocracia.
En síntesis, se pretende resolver el problema de violencia con la llana represión. Es cierto que un país como Colombia debe tener un fortalecimiento de la fuerza pública – cómo no. Pero también es cierto que es vital partir de la raíz de los problemas. La violencia en Colombia no nace de que los colombianos somos violentos por naturaleza, sino de un eterno ciclo de miserias, injusticias sociales, marginalización y ambiciones.