Rescatar el campo


228593968_5ecdde8239.jpgMe encontré hace días un foro en donde un usuario se refería a los campesinos como atrasados e ignorantes. Esa frase me hizo pensar en mis abuelos y en aquel bambuco de Fausto que dice “anoche estuve soñando y hablaba con mis abuelos y les pregunté llorando qué puedo hacer por mi pueblo“. Este artículo se lo dedico a ellos, a mis abuelos y a todos los campesinos de Colombia y de Latinoamérica.

De la Colombia rural a la Colombia urbana

Foto de Mauricio Laya: un muchacho campesino santandereano.


Si fuesemos a mirar el paso del siglo XIX al XXI en Colombia en una cámara rápida, así como esas que ponen los biólogos para observar el crecimiento de las plantas, veríamos un cambio de vértigo, una sucesión de imágenes cuya metamorfosis se daría de una manera muy precipitada. Hacia finales del siglo XIX se verían los colombianos todos en su mayoría como campesinos, todos con sombreros, la gran mayoría descalzos, los hombres con bigotes, las mujeres con trenzas y esas ciudades que hoy son los principales centros urbanos del país (Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla…) como pueblos de plaza y mercado. Como estamos en una cámara rápida, veríamos bien pronto una fila de campesinos que se apresurarían a llegar a las ciudades a partir de los 20 a trabajar en fábricas textileras y los pueblos principales, aunque pequeños, comenzarían a crecer de manera irregular, como hormigueros de grandes montículos. Una especie de zimbronazo se detectaría hacia 1949 que movilizaría aún más a todos los colombianos con sombrero que vemos en nuestra cinta de video y que los empujaría a los crecientes hormigueros, los cuales, tenderían a crecer desordenadamente hacia las periferias, pero conservarían ciertas áreas reservadas con un cierto orden lógico y protegido hacia el interior. A esta altura los colombianos ya tienen zapatos puestos, muchos se han quitado el bigote y la mayoría se viste menos con ruanas y ponchos.

Una más cuidadosa observación, quizá panorámica, nos haría ver a los hormigueros, ahora gigantes, algunos de ellos, como absorviendo más y más al campo, mientras se alza el techo de las casas en edificios y avenidas.

Todos somos hijos de campesinos

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Un abuelo campesino de Santander con su fardo y su tabaco, típico en toda Colombia. Foto de Mauricio Laya.

Lo cierto es que usted y yo somos hijos o nietos de campesinos. Si hacia 1930 (hace 77 años) el 70% de los colombianos eran campesinos y el 30% vivía en ciudades, que en realidad eran pueblos grandes, eso quiere decir que sus abuelos o bisabuelos eran parte de una Colombia rural.

También es cierto que el proceso de urbanización en Colombia ha sido caótica y continua siéndolo. Si en algunos sitios se presentó de manera planeada, en la mayoría las ciudades colombianas se gestaron a una velocidad increible y en muchos casos debido a fenómenos de violencia. Si hoy nos preocupa el problema de los desplazados por la violencia, lo cierto es que ese nombre, desplazados, es nuevo, pero el problema no. Cuando un gran número de campesinos colombianos llegaron a las ciudades huyendo de la violencia de los años 60, estos no fueron llamados desplazados y estos fueron los padres de los principales barrios populares de nuestras grandes ciudades de hoy. Esa gente, entre los cuales estaban mis padres, no recibieron entonces la atención debida, sino que tuvieron que arreglárselas como pudieron.

Yo no creo que aquel que se refiere a los campesinos como ignorantes sea conciente de lo que dice. Simplemente es la expresión de una conciencia social, de una manera de ver al campesinado en Colombia muy particular y con una historia muy concreta: el campo en nuestra patria siempre ha sido un campo de batalla y muchos de los que hacen parte de la Colombia urbana de hoy proceden de aquellas generaciones que huyeron de un campo que, literalmente, era y es un campo de batalla.

Cambiar el punto de vista

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En una plantación de tabaco en Santander. Foto de Mauricio Laya.

Quienes tienen la solución a este problema del abandono físico y espiritual del campo son precisamente los que viven en las ciudades, las cuales son en realidad refugios sociales. Las grandes violencias, aquellas causadas por los actores armados en el país, tienen por lo general como escenario el campo y las selvas colombianas. La violencia urbana en Colombia no es distinta de la violencia urbana en cualquier otra ciudad del mundo y, como hemos visto, esta ha sido significativamente sometida en los últimos años. No así con el campo que continúa a ser un expulsor de poblaciones.

La reflexión inicial que tenemos qué hacernos es la de ponernos en relación directa con esa Colombia rural de la cual nos hemos distanciado. El discurso romántico de ver a los campesinos como nuestros “otros compatriotas” no basta. No. Es necesario sentir al campo colombiano como nuestra raíz auténtica. Es necesario recordar nuestra historia y es necesario saber que el drama de los desplazados, las masacres y todos esos factores, son los mismos que causaron que nuestros bisabuelos, abuelos y padres huyeran a las ciudades hace décadas. Yo nací en una ciudad porque mis padres tuvieron que dejar la parcela y el pueblo en donde vivían antes de la violencia de los 60. Si no hubiera sido por la violencia, yo sería ahora un campesino o uno de un pueblo colombiano. Sólo desde ese sentir con el campesino de hoy es que podemos entender la gravedad de la crisis del campo colombiano.

Rescatar el campo

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Campesinos en Tibaná (Boyacá). Foto de grantibanense.

Colombia no puede progresar, salir adelante, desarrollarse y conseguir la paz si trata de lograr todo eso con la omisión conciente o inconciente de su campo. Sencillamente necesitamos el campo y los campesinos son los ciudadanos más vitales del desarrollo de un país. Las ciudades colombianas no pueden ser especies de féudos medioevales en donde viven señores con sus siervos rodeados de murallas modernas que separan de la tierra de nadie, la tierra salvaje que es el campo. Quiérase o no, la paz de Colombia comienza en el campo, así como su desarrollo, la rehabilitación de su economía, la purificación de su política y su fortalecimiento.

El campesino y sólo él, es el poseedor verdadero de la identidad de su pueblo debido a su posición naturalemente conservadora. Sólo el campesino sabe recordar lo que se transmite de generación en generación, las manifestaciones culturales, el folclor, las tradiciones y la historia popular. En el campesino existe la sabiduría de un pueblo y por eso su papel es vital para el desarrollo de nuestra sociedad. La ciudad que crece de espaldas al campo, tiende a buscar identidades foráneas, al punto que sus habitantes comienzan a mirar al campesino con desdén y a despreciarlo. La ciudad en cambio que abre espacio al campesino y lo promueve, se enriquece de aquellos que nos hace colombianos. Antes la plaza de mercado se llenaba de campesinos los domingos y ese era el principal espacio de comunicación entre la ciudad y el campo. Hoy abundan los centros comerciales, el mall, abierto más al contacto con lo extranjero y en donde un campesino no entra y si lo hace es centro de burla.

Anciano y niña

“Retrato de anciano y niña” (1921), de las inolvidables fotos de Meliton Rodríguez, exhibida en Colarte.com.

Imáginese que usted es un muchacho de una vereda colombiana hoy. ¿Tiene usted un “futuro promisorio” si se queda allí? Si su vereda está en una zona de conflicto, podría ser víctima de los grupos armados (reclutado, amenazado, desplazado…). Si no lo está, a dónde iría usted a estudiar, qué tipo de oportunidades tendría para hacer una carrera, una tecnificación, qué de la salud, qué de espacios de expresión.

Bien dice Fernando Quijano en una edición de El Colombiano del 6 de junio de 2006:

Y no es para menos. Estar metido de pies a cabeza en medio cultivos, establos, arados o tractores, no es una tarea fácil en los tiempos que corren para nuestro país. El campo está azotado, más que cualquier otro lugar, por los flagelos del subdesarrollo: alto desempleo, mucha inseguridad, mala educación, baja cobertura en salud, carencia de cultura, y lo peor de todo, de una falta de políticas focalizadas por parte de los gobiernos locales, regionales y nacionales.

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9 thoughts on “Rescatar el campo

  1. Me alegra sobremanera su comentario,yo soy de Tibaná,y con aprecio le puedo participar unos videos en YouTube,busque a Tibanense20091 ó en facebook a Jairo Galindo Arévalo,
    hasta pronto

  2. Articulos como este, nos conmueve el alma a los que verdaderamente tenemos sentido de pertenencia por lo nuestro… el hecho de no olvidar de donde venimos… da sentido a nuestra existencia dado que solo asi nos hacemos grandes y enriquecemos lo que es nuestro… llegué a este articulo por accidente, una de sus fotos me llamo la atencion… fue la de los campesinos de Tibana Boyaca, mi mamita era de alla y me encanto ver esa foto… gracias.

  3. Por fin encontré un artículo interesante. Además que las fotografías me sirvieron para una sustentación sobre el vestuario de los campesinos, en un concurso nacional de danzas folclóricas universitarias que se celebrará del 24 al 26 de sept. de este año en Neiva.

  4. Excelente!!! que no se nos olvide de donde venimos, ni la importancia que tienen los campesinos en el desarrollo económico y cultural entre otros, de un País.

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