La ciudad con personalidad propia


Urbanismo, paz y progreso

Por Albeiro Rodas | Foto: Bogotá (Wikimedia Commons)

La ciudad moderna es un producto de las revoluciones industriales. Ellas se desarrollaron a partir del esquema patronos y obreros, los primeros como dueños iniciales de la ciudad, herederos de los comerciantes burgueses que habitaban las ciudades del siglo XIX en Europa y en las Américas. Con el advenimiento de las industrializaciones, los burgueses se convierten en los capitalistas que fundan las empresas, pero que requieren de la mano de obra. Comienza así el robustecimiento de la población urbana en detrimento de la población campesina. Si bien esta era con anterioridad aquella que contribuía con el abastecimiento alimentario de las ciudades, ahora era movilizado para sostener con su mano de obra el crecimiento industrial con las consabidas crisis obreras que caracterizaron el inicio industrial de cada una de las ciudades europeas y americanas y que hoy se pueden evidenciar en otras regiones del mundo como los de las economías emergentes asiáticas (India, China, Indonesia…)

Aparte del discurso segregacionista de ciertos grupos sociales poderosos urbanos que ven el advenimiento del campesinado a las ciudades como un peligro a la estabilidad económica de sus elites o, traducido a modo más amplio, los enemigos de la inmigración de poblaciones tercermundistas hacia países industrializados, lo cierto es que la ciudad moderna depende fuertemente de la mano de obra de las clases populares (obreros y campesinos), como de los inmigrantes. Sin ellos, se cae todo el edificio industrial. Eso lo conocen muy bien los economistas y políticos y por eso se juegan en un discurso que trata de mantener tranquilos a los opositores de la inmigración en los países industrializados o a las clases sociales altas en su temor hacia la inmigración del campesinado.

Una de las claves del desarrollo urbano contemporáneo, por supuesto, es el número poblacional capaz de mantener el tren de vida de la cada vez más exigente vida moderna. La agresiva campaña mundial que los países industrializados adelantaron durante la segunda mitad del siglo XX para un control mundial de la población, tiene en la actualidad consecuencias negativas como la caída precipitada de la tasa de natalidad en los países ricos y su consecuente envejecimiento poblacional, un factor que los hace lógicamente vulnerables a la estabilidad económica que siempre han defendido y que abre las puertas a los países pobres con altas tasas de natalidad.

La formula, por supuesto, no era la de promover un control de la natalidad de manera tan castrante, sino invertir en el desarrollo urbano de manera que fuera inclusivo y no exclusivista.

La sabiduría de la naturaleza le dice al campesino que la familia numerosa es la ventaja principal del sostenimiento económico, lógicamente si la familia tiene su tierra para el trabajo. Hasta más allá de la segunda mitad del siglo XX en Colombia y en Latinoamérica, la familia numerosa campesina era una constante y ella era toda una institución, porque era a sé un verdadero emporio de producción. La frase típica colombiana de la época rural del país “cada hijo nace con su arepa debajo del brazo”, después atacada por los promotores del drástico control de la natalidad, tenía en sí su segunda parte y era en la lógica del trabajo. Varones y mujeres tenía que trabajar en la era familiar desde su más temprana edad para completar aquella otra frase popular “a Dios rogando y con el mazo dando” o esta otra de “nada nos cae del cielo”.

Lógicamente que este tipo de familia numerosa entra en crisis cuando el campesinado pierde la tierra. La fecundidad se vuelve un problema social cuando todos los hijos que vienen ya no traen la arepa debajo del brazo, simplemente porque no tienen la tierra que laborar.

Pero la necesidad de una natalidad constante no pierde vigencia por ello y los países ricos que aplicaron una auto-reducción poblacional en el siglo XX nos lo enseñan en la actualidad con su crisis poblacional: sigue siendo necesario que hayan muchos hijos para trabajar en la era de la ciudad, es decir, en la industria y el sostenimiento del tren de vida urbano. Pero este factor a su vez trae el otro: así como la familia campesina tiene por A o por B que ser propietaria de su tierra para que se garantice su producción agraria (tan vital a una nación como Colombia o a una región como Latinoamérica), también la familia obrera por analogía, tiene que ser propietaria de su espacio de ciudad y ya nos vamos a referir sobre lo que significa ser propietario del espacio de ciudad. Sin este, la fecundidad es un problema social. Con este, la fecundidad es una oportunidad de desarrollo, paz y justicia.

El terremoto que sacudió el sureste de China el pasado 12 de mayo de 2008 y que terminó con la vida de más de 10 mil personas, se sacudió también otro concepto tenido por la política china como sagrado: el control de la natalidad. Resulta que entre las víctimas quedaron numerosos niños que en el momento estaban en las escuelas. La cruel realidad de la muerte de niños es de por sí espeluznantes, pero más espeluznante es que en China hay una ley rigurosa sobre el número de hijos que una pareja puede tener: está permitido sólo un hijo y un segundo embarazo es multado por las autoridades. Esta ley es además responsable de un número inestimado de abortos y de infanticidios, especialmente de niñas. Pero con el terremoto, numerosas parejas chinas perdieron no sólo a su niño, sino a su único hijo, lo que ha puesto en jaque la ley. El ejemplo se repite en países como Rusia, aquellos herederos de la tradición comunista, pero también se repite en la Europa occidental y en Japón en donde no existe propiamente una ley que multe los embarazos, pero sí se impuso una concepción que veta socialmente a las familias numerosas y las tiene como algo de baja condición, propio de pobres e ignorantes.

La ciudad debe expresar la identidad nacional

Insisto en que la ciudad asiática me impresiona. Ella expresa la identidad de cada nación, todas naciones milenarias. En ella existe el espacio de lo moderno, del mundo tecnológico, en conjunción con el mundo cultural, tradicional, religioso, histórico. De la misma forma creo que la ciudad europea tiene lo mismo: es auténtica en su concepción urbana. Cada una de ellas tiene su personalidad y el espacio para la expresión de sus pueblos e incluso para la expresión de lo universal. Por eso aquello del “barrio chino”, el “barrio italiano”, tiene tanta importancia, porque sin excluirse incluye. Desde este punto de vista, la ciudad colombiana tiene que buscar su propia identidad. Imitar identidades ajenas, como la norteamericana o la europea, es negar la propia cultura y al hacerlo, se excluye a los más pobres.

La ciudad expresa lo que somos como pueblo y nuestros ideales hacia el futuro. Es importante que los urbanistas y gobernantes miren las experiencias de ciudades extranjeras que los inspire, pero más importante es que miren nuestra historia, nuestra identidad cultural y nuestros anhelos como pueblo. La ciudad colombiana en sentido general, es heredera de la hispanicidad, por ejemplo y este factor debe ser tenido muy en cuenta. Si relacionamos la hispanicidad con el colonialismo español y elaboramos un discurso contestatario en contra de la hispanicidad, atribuyendo que esta fue una imposición cultural, a la final atentamos contra nuestra propia identidad cultural contemporánea, porque mal que bien, la mayoría de los colombianos somos hijos de la hispanicidad. Por otra parte, esta concepción de la ciudad española que se lee en las leyes de Indias diseñada por el rey Felipe II, expresa todo aquello que llegamos a ser como nación. Si bien, la hispanicidad de nuestras ciudades es sólo uno de los elementos que la constituyen, también existen otros muy importantes, como el aporte africano e indígena o como la influencia de la industrialización norteamericana.

Pero no podemos olvidar que la ciudad es un elemento vivo y que por ello está en constante cambio. Ella tiene que ser espacio de todos, sin duda y muy especialmente de las clases menos favorecidas, las cuales aportan la mano de obra que impulsa la vida de la ciudad. Las clases obreras no pueden ser miradas con desdén dentro de la ciudad contemporánea. Quien hace ello está errado en la idea de ciudad moderna y vive más bien en un concepto de ciudad feudal que construía castillos con muros altos para separar a la nobleza de la gleba.

Las tendencias urbanistas que han comenzado a presentarse en diferentes ciudades colombianas en las últimas décadas han comenzado a comprender esto. Empiezan a entender que la garantía de la paz, el desarrollo y la justicia en la ciudad depende en gran parte de la ciudad construida de tal manera que todos los sectores se sientan representados y no marginados dentro de la ciudad. Un transporte masivo inclusivo, el parque – tan vital a la identidad hispánica -, las calles que aglomeran manifestaciones culturales específicas en donde los grupos minoritarios que habitan la ciudad se sienten en casa (la calle de los chocuanos, la calle de los costeños, la calle de los paisas, la calle de los vallunos, la calle de los chinos, etc), los centros históricos que cobran poco a poco una importancia vital al ser el corazón de la historia de la ciudad, las estructuras religiosas que expresan la cosmogonía del pueblo rescatadas tanto para el culto teológico, como para la admiración artística, los espacios culturales que abren las puertas a todos para que los habitantes de la ciudad se encuentren con el arte, la inspiración, los sueños y todo aquello que los representa de una u otra forma, las áreas turísticas en donde el nativo de la ciudad entra en diálogo sociológico con el visitante de otras regiones del país o del extranjero y en cuyo sitios se comparte la mutua contemplación cultural. La ciudad que tiene su espacio para la naturaleza en donde existen los árboles, la fauna, los observatorios astronómicos. La ciudad que tiene espacio para el descanso, en donde el transeúnte encuentra siempre una silla cómoda y segura.

Obviamente todo esto corresponde a la planeación, a la división de la ciudad entre lo urbanizado, lo urbanizable y lo no urbanizable. La ciudad en donde el empleo está garantizado y en donde el pobre tiene acceso a la educación, a la salud y a la alimentación. La ciudad que tutela su propio campo, aquellas regiones campesinas que la rodean, en el caso colombiano, el departamento como división administrativa tutelada por la ciudad capital y las diferentes zonas departamentales tuteladas por ciudades intermedias. El contacto entre la ciudad y el campo debe ser armonioso y el campesinado debe estar bajo la protección de la ciudad en su producción, su vida y su propio desarrollo. Es la ciudad la que promueve el equilibrio de comunicación entre ella y su campo. El campo entre entonces dentro de la esfera de la ciudad y no se relega como el otro mundo, el mundo casi salvaje e incivilizado. Ese punto faltaría mayor atención en Colombia, pues Colombia se acostumbró a ver al campo como el escenario principal de las luchas sangrientas, las persecuciones y el olvido. De la misma manera en que las redes de desarrollo urbano se extienden poco a poco a las áreas más populares de cada ciudad para quitarle espacio a la violencia urbana y a la marginación de las clases menos favorecidas, de la misma manera la ciudad debe extender su brazo al campo. De lo contrario, seguiría siendo una ciudad al interno con tendencias contemporáneas, al externo con tendencias feudales.

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