El Quinto Submarino


Las pruebas del submarino han sido un éxito, aunque los diarios y la prensa en general han sido muy hostiles con mi invento...

Las pruebas del submarino han sido un éxito, aunque los diarios y la prensa en general han sido muy hostiles con mi invento...

Cuento sobre Flach, el primer submarino chileno y latinoamericano sumergido en la rada de Valparaiso el 3 de mayo de 1866

Por Gonzalo Torres Olivares | Santiago de Chile

Eran alrededor de las tres de la tarde de aquel viernes. Llegué a Valparaíso. Mi afición por los barcos y algunos platos del puertos me hicieron recorrer algunas cocinarías y bares. Entré al bar, cerca de la plaza San Martín. Corvinas Bar según algunos porteños, aquí se comía la mejor paila marina de Valparaíso.

—Si claro doble ración – dije a la muchacha – a decir verdad el aire marino tiene cierta apetencia. En el lugar había varios mercantes y un hombre de una barba tupida y algo más calvo que llamó mi atención, por su traje negro abotonado. Me pareció que no era porteño, además por la forma de los botones, algo poco comunes. Y al parecer su presencia llamaba la atención de algunos marineros. Me levanté de la mesa y me dirigí donde se encontraba — buenas tarde ¿le puedo acompañar? dije mientras el hombre pareció no entender. Uno de los marinos se le acercó y le dijo algo al oído. Y cortésmente me retiró la silla para que me sentara. Por suerte el marino se quedó con nosotros en la mesa.

Solamente me remitiré a explicar algo la conversación sin intérpretes.

La muchacha del servicio, se demoró más de la cuenta así, que cuando llegó la paila marina ya teníamos media botella de vino en el estómago.

Así Karl, vienes de Hamburgo, le dije mientras con una solemnidad única me mostraba un anillo, recuerdo de sus años en Alemania. Al parecer esto lo puso algo intranquilo o necesariamente había abierto la boca más de la cuenta con las copas. Pero su figura enigmática y mirada algo inquisidora escondía algo. Se levantó apresurado, tendió la mano y se fue sin decirme si lo vería nuevamente.

Regresé a la bahía más tarde, los buques me tenían algo encantado y no perdería momento de no verlos, por lo menos mi equipaje y los gastos de alojamiento de la semana estaban cubiertos. No me quedaba más que descansar.

A la mañana siguiente la señora Herrera, dueña de la pensión, golpeó mi puerta algo alarmada —qué pasa, qué sucede, pregunté — es la guerra ¿usted no lo sabía? dijo pasándome el matutino. Abrí el periódico y me entero: Chile y Perú estaban en un conflicto bélico contra España. Lo desconocía en lo más mínimo, yo había llegado desde Argentina hacía un día y todo esto, me ha tomado de sorpresa. Al pensar esto comenzó un bombardeo de proporciones en la bahía de Valparaíso.

Luego del intenso ataque, se sintieron los carros de bomberos, que bajaban cerro abajo. No me animé a salir, todo el día estuve en la pensión. Allí me enteré de los hechos. La señora Herrera era una verdadera corresponsal, me puso al tanto hasta del más mínimo detalle, además de sus anotaciones diarias. Ahí quedé de consignar que yo, sin proponérmelo, estaba en medio de un conflicto inesperado y bastante serio en realidad.

A la mañana siguiente y tomando todas las precauciones, bajé hasta la bahía. Los destrozos eran variados, fue impresionante, seguía observando, los destrozo.

Recordé una vieja historia que tenia que ver con el puerto y su nombre, según una versión que escuché de un arriero pampino. Una tarde, mientras nos bebíamos un mate: ¿Conoces a Pastene, a Juan bautista Pastene? No, dije, llenando nuevamente el mate.

Era un navegante enamorado del mar— ¿te gusta el mar muchacho? ¿te gusta? volvió a decir, mientras sus ojos brillaban —claro que me gusta, le dije. Era un navegante que llegó a las tierras del valle del paraíso.

En ese momento no le tomé mucha importancia, pero ahora viendo esto ya no lo era en realidad. El nombre derivó en Valparaíso con los años. —Muchacho, dame el Mercurio, le dije al canillita, quien cargaba un montón de diarios del día.
Las autoridades hacían un llamado público a inventores de armás, en las páginas interiores, utilizaba gran parte del periódico. Decidí regresar, lo visto me tenía algo choqueado. Al llegar a la avenida principal, Karl venia de frente a mi, me saludó muy cortésmente y nos quedamos hablando los acontecimiento ocurridos. El día anterior no imaginé que la conversación con el alemán terminaría en una propuesta de trabajo. Que comenzó al mostrarle el periódico. Sería, según él, su secretario.

La casa donde vivía es bastante acogedora y en su biblioteca contaba con un bello escritorio, además de un cómodo sillón. Comenzó por dictarme una serie de materiales y valores. Ya para la hora de almuerzo tenia un mamotreto bastante grande de hojas para la propuesta. Luego de almorzar, iríamos a dejarla a la intendencia.

Pasaron tres días cuando en casa de Karl teníamos al gobernador en persona quien nos había pedido que firmáramos algunos papeles y así comenzar los trabajos.

En un primer momento serian varios cañones, y algo que no sabía si funcionaria. Era un submarino, según Karl, un aparato que podía sumergirse bajo el agua. La idea en realidad la encontraba algo torpe, pero al gobernador no le parecía y estaba completamente seguro que ese invento de Karl les haría parar las hostilidades o quizás ganar la guerra.

El trabajo ya estaba en marcha. Firmé varios contratos con cerrajeros y gente que conociera de armás, además el mismo gobierno envió a dos oficiales para que se pusieran a las órdenes de Karl.

Esta empresa está tomando cierto revuelo, me dijo una tarde. Yo he confiado en ti, porque conoces uno de mis mayores secretos, me dijo, manteniendo su enigmática figura y su mirada penetrante. — ¿Sabes muchacho? he estado en la resistencia contra el Kaiser hace unos años, fui perseguido. Por llegar aquí a estas tierras he tenido que pagar un alto costo de viaje y familia. Viajé de Alemania a Hamburgo y luego llegué a este hermoso bello paraíso. Te confío mi secreto, sin que se lo digas a nadie. Su mirada pareció extrañar su tierra y su gente. Le dije que su secreto estaría bien guardado. — Ah, y otra cosa, mañana afinaré los últimos detalle de eso que a ti te causa tanta risa. Se trataba del submarino.

Llegamos esa mañana a los galpones de gobernación en Limache donde se estaba trabajando. Para mi fue toda una sorpresa. Los planos que meses antes Karl había diseñado a escala era idénticos a la nave que tenia ante mis ojos.

¿Y tú te animás? Podrias integrar la tripulación. Lo miré asustado y solo atiné a reir.

¿Y tú te animás? Podrías integrar la tripulación. Lo miré asustado y solo atiné a reír.

Buenas tardes, soy del Mercurio, vengo a hacer una entrevista, dijo un muchacho de gorra de color y camisa blanca en la entrada del galpón. — Ve atiéndelo tú, dijo, yo estaré revisando nuevamente estos mecanismos, no deben fallar, dijo Karl mientras Pierre el francés, le entregaba algunas mediciones. Venga por aquí, le dije al muchacho quien había quedado algo maravillado con lo que había visto.

Sí, Karl estará en todos los periódicos de Valparaíso y Santiago, le dije y al parecer le gustó. Durante la tarde llegó el gobernador y un par de oficiales con la misión de incluir a uno de ellos en este viaje inaugural.

—Por ningún motivo miren, he estado trabajando en esto bastantes meses, cuando lo dé por terminado y con todas las pruebas lo podrán ocupar. Por ahora solamente lo ocupara gente de mi confianza.

Aunque Karl es bastante afable, esa tarde pareció descolocado, a medida que la conversación continuó acaloradamente. Trate de distenderla con algo de música.

Cuando daba vuelta a la manivela de la moderna vitrola me dijo: ¿Y tú te animás? Podrías integrar la tripulación. Lo miré asustado y solo atiné a reír. Mi risa causó algo gracioso en ellos y lo que parecía un conato de proporciones entre Karl y el gobernador, terminó en las más amena conversación.

El submarino sería llevado en tren hasta Valparaíso y los últimos detalles estaban ya arreglado. La pesada carga fue subida en el ultimo carro del tren que además llevaba pasajeros. Llegamos con puntualidad junto con la tripulación que la componían: Dos chilenos, cinco alemanes y dos franceses.

3 abril mayo 1889. Las pruebas del submarino han sido un éxito, aunque los diarios y la prensa en general han sido muy hostiles con mi invento. Mi resfriado ha mejorado y estoy en condiciones por fin de mostrar mi invento a la marina… Karl Flach

Todo había resultado de maravillas. Esa mañana nos levantamos más temprano de lo habitual.

Esta vez mi jefe y su submarino harían una demostración para la armada.

Durante toda la mañana lo vi entusiasmado, la sonrisa no la podía borrar de su rostro.

Cuando llegamos al muelle, estaban todos los oficiales, a quienes Karl saludó con su particular cortesía.

Un hombre con megáfono comunicaba a los asistentes que en media hora más se daría inicio a la prueba, la ultima antes de entregar el prototipo.

Nunca antes lo vi tan eufórico, inclusive intentó persuadir a su mujer para llevar a una de sus tres hijas. No, dijo ella y solamente lo acompaño su hijo, un chico de 16 años.

Las 9 de la mañana en punto y la tripulación, en medio de los aplausos, se introdujo en el aparato.

De acuerdo a lo estipulado por mi jefe, podían fácilmente estar 18 a 19 horas de autonomía bajo el agua. Me acerqué a desearle suerte y me dijo: No le digas a nadie nuestro secreto, y su sonrisa contrastaba con la bella mañana en la bahía.

Se sumergió una vez estando unos 10 minutos bajo el mar y volvió a aparecer entre la mirada incrédula de algunos medios de comunicación y los aplausos del publico. Volvió nuevamente a sumergirse en el mar.

Media hora, una hora, las horas seguían transcurriendo y volvió a aparecer y así durante un rato hasta que no apareció más.

Todo en la bahía era un caos, mientras el oficial de la gobernación se maldecía por no haberle detenido, cuando le dijo que pusiera una boya al submarino.

Las horas fueron avanzando y un buzo dijo haber visto la nave submarina enterrada de punta en las arenas de la bahía.

¿La va a llevar? me preguntó el revistero. Busqué en los bolsillos algunas monedas, pero no las hallé. Era posible que se quedaran en casa. — Espérese un poco ¿Oiga, quién escribió este relato? El hombre me miró misteriosamente. Son relato de un marino.

Los encontré hace algunos años en una antigua casa de Valparaíso, mejor dicho, en un subterráneo de Calle Esmeralda.
Pero ¿los vas a llevar o no? volvió a preguntarme. No tengo el dinero, si me espera, voy a casa y regreso en un rato. Está bien, ve muchacho. Sí, pero me lo guarda. Sí, claro.

Corrí lo más fuerte que pude de regreso a casa.
Al detenerme en el semáforo miré al revistero para sorpresa mía.
El hombre se veía calvo y llevaba una mediana barba con un traje algo largo con brillantes botones dorados… Algo inusuales para estos tiempos.

Cuando regresé por la revista, él ya no estaba. Lo busqué varios domingos para comprar esa revista, pero nunca más lo hallé.

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Acerca de Albeiro Rodas

Albeiro Rodas-Torres is a bachelor degree in journalism & social communication from Universidad Pontificia Bolivariana of Medellin, Colombia (1995); English at Limerick Language Center in Ireland; Italian at Universitá per Stranieri of Perugia, Italy and theology and biblical archaeology at Cremisan-Ratisbonne Salesian Theological Institute in Jerusalem. Currently doing a Master in Digital Journalism in UPB and filmmaking at Light Film School. Rodas is based in Cambodia since 1999, doing his own research on human trafficking, Cambodian digital gap and Khmer language. He is the creator of the Don Bosco schools of journalism in Sihanoukville and Kep with young people from poor communities. Medal for Social Commitment UPB (2010); among the 100 more upstanding Colombians abroad (Marca Colombia, 2012, http://www.youtube.com/watch?v=X39xwdGtVXI) and among the '12 Colombians that are making this a better world' 2013 (http://www.colombia.co/en/culture/colombians-that-are-making-this-a-better-world.html).
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