“El Remordimiento”, la defensa de la autenticidad


En “El Remordimiento” de Fernando González Ochoa, hay un evento que revela mucho lo que el filósofo de Otraparte quería de la autenticidad, lo que pensaba de Colombia y América Latina. Este González nos indaga ahora más que nunca y pienso que sus palabras se hacen cada día en nuestra historia contemporánea, más actuales que envejecidas, como si su pensamiento corriera la suerte contraria de lo que el tiempo hace en todas las cosas, que las añeja, mientras en González las renueva.

“Pero yo, el solitario que renunció a honores fáciles, que vive en la pobreza, para no verse obligado a juntarse con López, Laureanos y Olayas, yo soy artista de la vida, pintor de animales en celo”.

Este González es el que tenemos que leer los colombianos, los latinoamericanos, a los ojos de hoy, para buscar esa autenticidad que nos sacará de la mediocridad, de la violencia que es el punto extremo de la perversión de la desidia. Veamos este intercambio de correspondencia y busquemos en estas cartas abiertas hace más de 80 años, los linderos de nuestras hipocrecias y la falta de tacto para crear naciones auténticas.

Manizales, marzo 2 de 1935

Querido Fernando:

Al sacar en limpio los originales de El remordimiento hice supresión de escenas y cambios de vocabulario en las dos primeras partes, es decir, en la confesión a manera de penitente escrupuloso. Tu personaje se confiesa un poco demasiado honradamente. Me pareció impúdico y he querido velar, en busca de aquello que te decía Tomás Carrasquilla: “Escriba un libro para las mujeres, que todas quieren leerlo y los curas no las dejan”.

La confesión de tu personaje es plato demasiado fuerte para Colombia; aquí tiene que ser por la reja; aquí la necesidad de confesarse no ha nacido todavía. A tu pequeño Rousseau o Agustín, lo van a lapidar; le van a gritar que vaya a confesarse con el padre Mejía, de Envigado. ¿De dónde diablos sacaste a ese tipo? Parece hijo de jesuita… Es demasiada gana de contar la que tiene y… ¡nian virgen estaría la Toní!

Yo conozco los secretos de la creación artística. Sé muy bien que has creado personajes, sacándolos un mucho de ti mismo y otro mucho de tus observaciones. Pero la gente dirá que eres tú, y sólo tú y todo tú y armarán el escándalo…

El tratado sobre el remordimiento, tercera parte, quedó tal como está en tus originales. Me pareció perfecto. Duro, escolástico y hace agradable contraste con el arte de la novela. Aparecen el filósofo y el artista, el que medita y el creador. Dos estilos, dos vestidos.

Aunque me autorizaste para hacer “lo que me pareciera bien” en todos tus libros, no he querido entregar estas páginas al editor sin tu aprobación. Temo haber dañado la unidad psicológica de la obra y mortificarte con las supresiones y cambios, como sucedió en Viaje a pie.

Alfonso González

* * *

Marzo 19 de 1935
Envigado (Villa “Bucarest”)

Querido Alfonso:

Ayer recibí la copia extracto del libro “Mademoiselle Toní”, desde páginas 35 a 53 inclusive, y fue como si me hubieran dado garrotazo en el cerebro. Inmediatamente sentí congestión y profunda tristeza. Te puse telegrama en que impruebo el trabajo. Dormí mal, pasé con toda la energía vital herida y esta mañana resolví entrar en polémica contigo, pues veo que esto será disgusto para ti también y que es absolutamente imposible que Toní “vea la luz pública”. (Pongo esta frase, para indicar cómo escribe la gente “bien educada”, es decir, que para todo tiene una frase hecha, pudorosa; para todo tiene un reflejo).

No se publicará el libro, pero vas a ver cómo tengo razón. Si la Toní, si la vida no es propia para Colombia, si no tiene la belleza legal colombiana, ¡mejor! Si yo escribiera libros aprobados aquí, no valdría nada, sería un Laureano Gómez. Vamos por partes.

Tú extractaste mi libro, extractaste de él los himnos y las conclusiones y le pusiste camisa púdica; abandonaste la vida. Es como si hubieras cogido un árbol y arrancándoles las flores, para adornar una sala, ¡porque las señoras y los señores no pueden ver las raíces y las ramas! Eso se llama enjolivement; es el arte preciosista, cosa triste, muerta y que repugna al gran estilo; eso no se puede hacer con Goethe ni conmigo. ¿Es posible coger un niño sano, vital, y quitarle las nalgas, el vientre, los pies, los órganos genitales, y decir que los ojos, sólo los ojos, son presentables, son bellos? Para quien ame lo bonito, sí. Pero tal no es la belleza de la vida, animal profundo, devenir de un pasado remoto y oscuro hacia remoto y oscuro mañana, animal que se nutre de todos los instintos, de todos los jugos. El arte proviene de embriaguez causada por los instintos vitales en su cúspide. El verdadero arte huele a semilla, a semen, a humus. Es ceiba retorcida que extiende sus raíces a los ríos, pantanos y descomposiciones. La bonitura es arreglo, es artificio, es planta sin raíces y mútila.

Vamos a las supresiones: ¿Crees tú que la escena de la olida de los calzoncitos de Toní es inmoral? ¿Es mala? Entonces eres moralista, has perdido la inocencia vital. ¿No gozabas tú oliendo la ropa de nuestro padre? ¿No me deleito yo con el olor de las cabezas de mis hijos? Mientras más se intensifica el sentimiento amoroso, más los huelo deleitadamente. Oler es el primer acto del amor. Huele la vaca a su mamón. Todos los animales, hasta nosotros, dizque privilegiados, olemos para amar, olemos para excitar la energía. Tal escena, que tiene raíces en la vida, es bellísima, casi la esencia del libro; sin ella, no tienen sentido las conclusiones. Tal era mi tentación, que olía sus ropitas; tal era el guiño tentador que me hacía la vida, que yo me medía sobre su cama, a solas, para ver cómo quedaba uno allí. Y todo eso lo suprimiste, para que pudieran leerlo las palúdicas, santas de palo.

¿Cómo te atreviste a poner “calzones” de Toní, en vez de “calzoncitos”? La muchacha tiene “calzoncitos”, o sea, pequeños, limpios, y Pacho-loco, el mendigo que acaba de entrar a casa, tiene “calzones”.

Pusiste “prendas de su feminidad íntima”, en lugar de “ropitas de Toní”. “Prendas” es como dicen los padres Ochoa y Mejía, curas de Envigado, en el púlpito, o sea, pornografía, hipocresía, vergüenza, pecado. “Ropitas” fue lo que yo vi y olí en la cómoda de la muchacha, o sea, unas camisitas y calzoncitos de seda, requetedoblados con el arte que tienen en Francia. Si yo le hubiera ofrecido a la Virgen “los calzones de Toní”, ésta sería la hora en que estuviera avergonzado… “Calzones” y “prendas” tiene Fernanda Ramírez.

“Oye risas, y no lo recupera hasta que haya entrado por la angosta y sospechosa escalera…”. No; así queda hipócrita; se presta para las suposiciones de estudiantes jesuíticos. Es: “…hasta que haya entrado por la angosta y oscura escalera, a faire l’amour, de dos hasta cincuenta francos…”. El gran arte es la inocencia perfecta, la reconciliación con la vida, eso que la gente enjolivée apellida perversidad.

“Camisas vaporosas” o “túnicas vaporosas”, en lugar de “túnicas que llegan hasta las barrigas”, es de Pacho Pérez, prototipo del enjolivé.

Todo lo que quitaste, todo lo que cambiaste en estas páginas, era la columna vertebral de la potranca. Atentaste contra la vida, suprimiste la lógica que preside al devenir. Hiciste verdadera pornografía. Pornografía es tenerle miedo a la vida, a la verdad de la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza.

El libro tiene que quedar tal como me nació, sin cambios, sin supresiones, porque si no, tendríamos sermonario para señoritas histéricas.

La Estética es efecto de culminación vital. Lo bello es vitalidad. Se trata de fenómenos semejantes en todo a la fecundidad fisiológica. La misma energía preside al aparecer de organismos y de obras de arte. Si en una madre hay carencia de poder organizador, si la fuerza vital no consigue hacerle derechas las piernas al niño, di: feo. Si el niño sale con ojos bonitos, si la madre pare únicamente unos ojos, di: monstruosidad. Pero si pare un muchacho con nalgas, con ano, con todo y todo consonante, di que hay belleza, o sea, poder vital.

Tal la enormidad de Miguelángel: era como la vida, era creador de organismos aun más poderosos que los de la vida actual: hombres y mujeres más fuertes, más plenos que los de ahora, más capaces.

Por eso, la historia del padre Izu es esencial en mi libro. Mi polémica con ese jesuita es la misma que tengo contigo. A él le preguntaba: “¿Por qué va a ser malo oler la ropita de Toní?”. Y tú suprimiste tal escena y dejaste las conclusiones, donde dice: “¿Por qué hay cosas buenas y cosas malas?”. Tal como lo dejaste, pueden preguntar: ¿Quién es éste tan sermonero, tan filósofo en el vacío? ¿Quién, éste tan carajo?

Y suprimiste las escenas con Jorge, los celos porque Jorge pudiera mirar a la Toní. Suprimiste la escena en el café “La Cigarra”. Suprimiste las frases en francés, cuando yo viví esa vida en francés y el amor de Toní me sabe a francés. De sesenta páginas a dos espacios dejaste ¡¡¡veinte!!! Eso lo podrán hacer los futuros hombres púdicos con el título de “Fernando González para niños y señoritas bien educadas”. Pero yo, el solitario que renunció a honores fáciles, que vive en pobreza, para no verse obligado a juntarse con López, Laureanos y Olayas, yo soy artista de la vida, pintor de animales en celo.

Tú capaste a la novilla. Así como los jesuitas a la “Historia Natural” en que nos enseñaban a ser perversos: ¡le recortaban las páginas en que se describían los órganos genitales!

Tú dices que mi libro, tal como me nació, es pornográfico e ilegible, y yo te contesto que pornográfica es toda esta Suramérica hija de clérigos, hombres tapados por la vergüenza a la vida. Por eso, nuestra raza es estéril, avergonzada: raza de hombres que hacen las cosas y se esconden, avergonzados de estar vivos. Miguelángel y yo sentimos todos los instintos agrandados y no hacemos nada perverso; creamos seres con pechos, pene, ano, piernas, brazos, pies y manos, tronco y cabeza. Yo no le hice mal a Toní, no la dejé abandonada, desempeñando el oficio de ramera. El instinto aristocrático me impidió causarle miseria. ¡Y yo soy el perverso, yo soy el pornográfico! Cualquier colombiano la habría arrojado a la calle de la Pouterie, les habría contado a los compañeros, para que fueran a acabar la obra de manchar, de envejecer, de prostituir; sí, les habría contado, pero en voz baja, en voz parecida a “prenda de vestir”… Y yo cuento todo lo que sucedió, las tentaciones que tuve, mis impulsos e inhibiciones. ¡Yo dizque soy el pornográfico! El otro, el virtuoso, aquél que contaría la indignación con que arrojó a Toní de su hogar, cuando ella le escribió y puso en la bata de baño un papelito con estas palabras: Je vous ame.

Y resulta, en definitiva, que yo quiero tener la inocencia y santidad de los grandes falos que ponían en los aleros de las casas de Pompeya; quiero tener la inocencia de la vida griega y que en Colombia me llamen impuro. Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo de palo, como estos suramericanos hijos del pecado y de la miseria.

Así, pues, la Toní quedará en manuscritos, para mí. No quiero darla a este pueblo de hipócritas.

Y la vida misma me justifica: allá están Toní y Teanós; ambas me quieren aún y, cuando cometan bajezas, se acordarán del “monsieur Fernandó”, con nostalgia.

Para los colombianos, yo soy pornográfico. Pueblo mísero, envilecido por centurias de dominio español, convento de clérigos vestidos hasta las orejas, pueblo cuya capital es Bogotá, ciudad habitada por hombres que piensan, escriben y viven para “cubrirse”, porque son pecados andantes. Miguelángel, Goethe, el Libertador y yo no nos tapamos.

¡Deja virgen a Toní! Que no se publique. Aquí serían capaces de ir a buscarla a “rue d’Arenc” para hacerle mal y para venir a decir en las iglesias: “¡Qué mala esa muchacha! Acúsome padre de que me dejé inducir al mal por una muchacha de Marsella…”.

Todo es esencial en mi libro. Si suprimiste, renuncio a la publicación.

Te abraza,

Fernando

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