Identidad latinoamericana para el nuevo siglo


Parece que estuviéramos listos para entrar en una nueva era a una década del nuevo siglo en Latinoamérica. Entre 2002 y 2007 vivimos un periodo sin igual de crecimiento económico. La mayoría de nuestras sociedades fortalecieron sus democracias lejos del chocante intervencionismo estadounidense que se apoyó sobre la Guerra Fría de la segunda mitad del siglo XX y que mantuvo a nuestros países como títeres bajo el manto de la potencia occidental. Países como Brasil, Argentina y México tienen un nombre internacional de peso económico. Por su parte, Colombia se sacude resueltamente a terminar sus tragedias, aunque la última palabra no esté aún dicha en términos de paz y justicia. En todo esto ¿hacia dónde vamos? ¿qué se puede pronosticar de América Latina para el siglo XXI?

Para mí, el énfasis hay que hacerlo en la búsqueda de la autenticidad. Esto, por supuesto, no es nuevo. Y no hablo de la autenticidad cultural e histórica, sino de la autenticidad de nuestra identidad en todos los aspectos. El pensamiento latinoamericano no descansa solo en la filosofía de ciertos pensadores solitarios como el colombiano Fernando González, el Brujo de Otraparte, que invita casi como una voz en el desierto a dicha identidad ya antes del Bogotazo de 1948 en el que nació la Organización de Estados Americanos bajo la égida de la Guerra Fría.

Este pensamiento latinoamericano se puede rastrear también en nuestra literatura y en las manifestaciones culturales y políticas, tradicionales  e incluso musicales.

Uno de nuestros problemas es que siempre estamos mirando hacia afuera, comparándolos con Europa, sintiéndonos decididamente alemanes, italianos, españoles, portugueses, ingleses, franceses, pero no latinoamericanos. Esta posición se encuentra con mucha facilidad en países como Argentina, Uruguay y Chile, pero está presente en numerosos grupos nacionales desde Bolivia hasta México, sobretodo en aquellos grupos históricamente dominantes que son los directos descendientes de la clase conquistadora y colonialista española.

Dicha posición, crea a su vez la resistencia de los grupos dominados (mestizos, afroamericanos e indígenas), los cuales al ser excluidos, no tienen otra propuesta que la lucha y la exclusión de los que dominadores. Este es uno de los males de nuestra América Latina y el cual, si no se combate, nos mantendrá siempre en un plano de inferioridad mundial, no porque seamos inferiores a nadie, sino porque tendremos siempre ese sentimiento.

Muchos leen el desarrollo como el querer hacer de nuestros países otra España, Italia, Francia o Alemania. Comparamos todos nuestros paradigmas a esos países y eso es un error cultural y económico.

Para ello, y como a muchos les gusta compararse, tomaremos dos ejemplos: uno es Estados Unidos de América y el otro es Asia.

El primero, Estados Unidos, tan antipático para muchos y tan paradigma para otros, es en realidad una nación de la diversidad cultural y social que fue construida por inmigrantes, la mayoría de ellos de Europa, sin ignorar el elemento africano y asiático.

El punto es que Estados Unidos desde su génesis como nación independiente, nunca quiso compararse a Europa ni querer ser otra Europa. Se diseñó decididamente sobre la democracia, la República y una constitución entre liberar que se basa en principios conservadores como la misma religión y la tradición. No quiso hacer una nación integrada a ningún commonwealth que rindiera tributos a la Reina de Inglaterra, como lo hace Canadá o Jamaica. Estados Unidos se plantó en el carácter total de la independencia y la libertad, en una nación única, hecha de gente de muchas partes, pero fiel a su sangre americana. Pocos en Estados Unidos se sienten hijos de británicos, hijos de italianos, hijos de irlandeses… sino que todos son hijos de americanos.

En contraposición, nuestros países latinoamericanos, una vez libres del yugo español, nos concentramos en crear francias, italias, alemanias, imitando lo más selecto de sociedad monárquicas y una Europa que desde mediados del siglo XIX hasta poco después de la II Guerra Mundial era una región decadente. La Europa de hoy, quiérase o no, es una re-hechura de Estados Unidos en su parte occidental y de Rusia en su parte oriental.

El otro ejemplo es Asia, al menos en ciertos países como Japón, China, Tailandia…

Japón llegó a ser una de las naciones más poderosas de la tierra y a dominar las grandes tecnologías occidentales. Pero un estudio serio de Japón nos muestra que a pesar de ello, es un país que conserva radicalmente su identidad asiática. Los japoneses no se comparan con Europa o Estados Unidos. Son auténticamente ellos y hacen las cosas según su identidad cultural. Eso para mí es una de las claves de su éxito y del porqué han llegado tan lejos. Han dominado los instrumentos de Occidente, pero no han dejado que los valores occidentales borren sus valores orientales.

¿Qué somos pues los latinoamericanos? ¿somos europeos, africanos o indígenas? o somos todo y no somos nada.

La respuesta la tenemos que dar a lo largo de este siglo. Para ello tendremos que renunciar a muchas pretensiones que consideramos valores en sí, como sentirnos muy europeos o como ser indígenas y sentir que hace varios siglos nos robaron todo y que hay que marginar a los que nos marginaron.

Tenemos como tarea este siglo construir nuestra identidad. No somos Europa, no somos África y, aunque nos duela decirlo, ya no somos esas naciones previas a la conquista española y portuguesa. Somos latinoamericanos y tenemos que sentar las bases de ello. Cada uno en su país debe sentirse colombiano, venezolano, argentino, mexicano, dominicano y velar porque ello sea así y en eso, conquistar el desarrollo, la identidad y la felicidad de nuestros pueblos.

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