La patria y la tragedia por Laura García


A Marco Enríquez-Ominami le pareció en 2003 que ser chileno es “una tragedia” y lo dijo a viva voz; como es obvio, ese pecadillo se lo están cobrando con intereses sus opositores de contienda electoral. Pero vamos a dejar en paz a Marco, que, a fin de cuentas, ya le han dado mucho palo.

Hablemos mejor de ese fenómeno patriota de ser “orgullosamente (ponga aquí el nombre de su país de origen)”. Ciertamente debe ser muy bonito eso del arraigo, del amor desmedido por ese terruño en el que nacimos, quererlo  y adorarlo y bendecir “el cielo que me vio nacer”. Confieso, no sin cierta vergüenza, que yo no tengo nada de eso. Y, claro, mis compatriotas me lo reprochan y me hacen ver con encono que yo soy una colombiana descafeinada.

Hace casi siete años, cuando me convertí oficialmente en inmigrante y llegué a este bello país, enfrenté la cara fea de los chilenos: el racismo. Y sí, realmente los chilenos son muy egocéntricos y racistas. Son más egocéntricos que los bonaerenses y el racismo de la gente roza peligrosamente con el nacionalismo alemán de por aquellos años de la Segunda Guerra Mundial y lo digo porque muchos chilenos están convencidos, incluso, de que son mejor “raza”. Lo sé, además, por la experiencia propia: ser morena y tener un acento fácilmente confundible con el de una peruana no ha sido una buena carta de presentación en Chile y por ese detalle estuve a punto de perder trabajos, de ganarme el odio eterno de señoras emperifolladas o de disgustar a los clientes de mi primer trabajo estable.

Los mismos chilenos reconocen que han desarrollado una especie  de “racismo dirigido” hacia los peruanos. Y no sé si ustedes se han fijado, pero en el Festival Internacional de la canción de Viña del Mar a los pobres concursantes argentinos les llegan unas pifias gratuitas y yo no quisiera estar en sus zapatos, porque realmente hay que tener valor para enfrentarse a un público que te pifia de entrada y sin haber cantado y sólo porque eres argentino.

Sin embargo, aun cuando he tenido que soportar que me digan en mi cara que yo soy un “estorbo para la sociedad”, aun cuando en momentos de furia más de dos chilenos de distinta posición socioeconómica y política me han gritado que yo vine a “robarle al chileno de bien su trabajo”, aun cuando muchas veces me han preguntado por la fecha gloriosa en que me voy a devolver, aun así, yo adoro a este país y adoro a quienes lo habitan. Y durante mucho tiempo ser colombiana debió ser realmente una tragedia para mi: el sólo hecho de que en extranjería le pidan solamente a los colombianos certificado de antecedentes judiciales emitido directamente en Colombia ya es una seña de lo que somos para las autoridades acá: narcotraficantes o guerrilleros. Y aún así…

Y muchos colombianos y peruanos y ecuatorianos (sobre todo cuando debía hacer mi peregrinaje frecuente a Extranjería) me preguntaban “cómo diablos” (así mismo “cómo diablos”) me acostumbraba a este país y como podía querer a personas tan “frías”, “distantes” y “engreídas” como los chilenos. Yo creo que eso tiene que ver precisamente con lo que yo me sentí acá desde que llegué: un invitado que se debe ganar el derecho del buen trato de su anfitrión. Entonces, en lugar de pensar y hablar mal de los chilenos y de su forma de ser, mejor me dediqué prontamente a hacer el mérito para ganarme su cariño, aceptación y buen trato. No fue para nada fácil, al contrario.

Pero lo conseguí.

Yo tuve carta de expulsión dos años después de haber llegado. Con un pie afuera, vino a mi rescate un chileno, quien casi sin conocerme, o mejor dicho, sin conocerme, me contrató como exige la ley chilena, arriesgándose a que yo hiciera efectivas las cláusulas especiales de dicho contrato, es decir, a que lo engañara vilmente. En mis primeros inviernos, fueron chilenos amorosos quienes se preocuparon de que no pasara frío y cuando lloraba mucho porque extrañaba el calor de mi casa y a mis abuelos fueron unos chilenos de buen  corazón quienes se preocuparon de que no la pasara tan mal.

Y cuando mis abuelos se murieron en Colombia y yo no pude ir a sus respectivos funerales mi jefe chileno me ofreció espontáneamente que no fuera a trabajar por una semana para que “viviera mi duelo”.

Ser (ponga acá su nacionalidad) no es una tragedia, ni dice nada de las personas. Es simplemente la etiqueta con la que justificamos ciertos odios y el pretexto para abanderamientos patrióticos.; esa marca con la que uno anda a cuestas por accidente y así poder darle motivos a las aduanas para joderle a uno la vida y revolcarle las valijas.

Confieso que desde que me acostumbré a este país, a sus habitantes y a sus cosas, buenas y malas, me desarraigué por completo y pasé a ser una “sin tierra”. Luego, cuando tuve que ser inmigrante por segunda vez en Argentina, ya pasé del desarraigo para ser casi una apátrida. Ahora, cuando un chileno me pregunta de dónde soy y yo le digo “adivina”, me contestan cosas como “cubana”, “mexicana”, “peruana”, “ecuatoriana”. Cuando un colombiano me escucha, dice que  soy “extranjera”, a secas,  y cuando los argentinos intentaban adivinar mi nacionalidad, no dudaban en decir que era chilena.

Soñadora como soy, prefiero hacerle caso a una de las personas que más quiero en este mundo que me dijo en cierta ocasión: “Tranquila. El mundo será de los desarraigados”.

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Laura García es una periodista y escritora colombiana radicada en Chile. El presente artículo tiene la autorización expresa de la autora y de la revista digital Blogópolis de Chile a quienes damos nuestros agradecimientos. Derechos reservados de autor.

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One thought on “La patria y la tragedia por Laura García

  1. Me gusto mucho su artículo. Soy chileno residente en USA y no me enorgullece para nada darle la razón en todo lo que afirma. El racismo es una subcultura extremadamente dañina que solo ha traído perjuicio para los pueblos. Mi esposa es colombiana y al preguntarle por usted inmediatamente respondió que era una gran escritora y periodista colombiana. No tuve que esforzarme mucho para darle la razón, me basto con leer su artículo. Los que nos hemos apartado de nuestro cielo tenemos mas claridad para ver nuestros problemas a distancia. Es bueno ser ciudadanos del mundo y como dice Facundo Cabral: NO SER NI POBRE NI RICO, CLASE TURISTA, DE PASO.
    Hoy celebro haberla encontrado y conocido un poco a través de este articulo y de los elogiosos comentarios que de usted hizo mi esposa. Ahora ya somos Chile, Colombia, Estados Unidos…

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