Los derechos humanos y el país que queremos


Los derechos humanos siguen siendo un desafío para nuestro tiempo. Ya hemos visto que no basta proclamarlos, escribirlos, estudiarlos. En este momento en cualquier rincón del mundo, hay gente bajo amenaza de otros que, por lo general, tienen el comando de las armas y el poder del dinero. Muchos pueblos de la tierra sueñan con parecerse modernos.

Colombia es uno de esos países que sueña con alcanzar la cresta del progreso y estar a la altura de los países desarrollados. Ese en principio es un derecho. Pero ya ha quedado demostrado que el desarrollo no se marca sólo por los altos índices de la economía. No es mejor país aquel que demuestra un aceleramiento de la economía. La reciente crisis financiera global 2008 – 2009 le demostró a todos que no existen castillos imbatibles y que la pujanza de la Wall Street puede derrumbarse como un castillo de naipes bajo el vaivén de los caprichos económicos.

Tampoco una ciudad con altos edificios y grandes avenidas demuestra que sea una ciudad moderna. Lo moderno puede ser una máscara que oculta lo salvaje bajo hermosas portadas y luces de neón. Ciudades de rascacielos hay por todo el planeta, desde las mismas estepas africanas a cualquier isla del Pacífico. Seguro nos soñamos a Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Cartagena y cualquier otro poblado grande de Colombia como esas impresionantes polis chinas o japonesas y entonces tendemos a creer que eso sería llegar al punto máximo del desarrollo. Se trata del deslumbramiento de cosas como Rio de Janeiro, Sao Paolo y otras ciudades del Brasil boyante y a la vez decadente, en donde convive el lujo extremo con la miseria total. ¿Es esa la Colombia que soñamos? Hacia esa vamos si no nos comprometemos decididamente con el auténtico progreso.

La economía y el desarrollo van de la mano de los derechos humanos. Son muchas décadas de conflicto en nuestro territorio. Tenemos que convencernos que no hemos hecho lo suficiente en materia de derechos humanos. Hay que salir de esa retórica de las estadísticas. No basta con este año hayan sido asesinados menos sindicalistas, periodistas, policías, abogados, campesinos y una lista más y más larga. Lo que nos basta es que este año no hayan asesinado a nadie y que el próximo sea de paz, justicia y progreso para todos los colombianos.

Ese es el punto auténtico de lo moderno para Colombia. No quiero vivir en una ciudad de rascacielos, pero en donde matan en las calles oscuras por la noche, sino en un pueblo tradicional, pequeño y seguro en donde sea seguro salir a tomarse un refresco al parque. ¿Para qué grandes avenidas si nuestras ciudades están rodeadas de hambre, desempleo y violencia? ¿Para qué modernos sistemas de transporte si la impunidad sigue siendo la reina?

Pero para llegar a ese punto en donde los derechos humanos sean una plena garantía, tenemos que ponernos todos de acuerdo. Eso implica renunciar en muchos casos a nosotros mismos para ponernos al servicio de la patria, de la gran comunidad humana, de aceptar nuestras diferencias, de ser más tolerantes y menos beligerantes. Ahí entonces los derechos humanos se vuelven un espacio de encuentro.

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