Un candidato para el 9 de abril


Esta semana los colombianos recordamos el día más famoso de nuestro siglo XX: el 9 de abril de 1948 cuando manos oscuras asesinaron al carismático candidato liberal Jorge Eliecer Gaitán y abrieron así la puerta a una era de violencia sin fin que todavía nos acosa. Pero también este año estamos en elecciones presidenciales. Buen tiempo pues para recordar a uno de los candidatos presidenciales que más fama y gloria ha tenido en nuestra historia republicana. Publico aquí algunos apartes de su discurso de 1945 en donde presenta su programa político, una pieza de literatura y pensamiento. Lo tomo de los archivos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Casi todos los movimientos sociales y políticos que han transformado a un país o alterado la historia del mundo han aparecido en forma sorpresiva. Pero estaría equivocado quien obtuviera de tal hecho, la índole de su naturaleza, porque siempre, al profundizar en la investigación histórica, se ha encontrado en cada uno de los grandes actos humanos colectivos una serie de antecedentes metódicos, que pueden seguirse desde su iniciación embrionaria hasta su culminación en la forma definitiva de su fuerza y contenido.

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Yo no creo en el destino mesiánico o providencial de los hombres. No creo que por grandes que sean las cualidades individuales, haya nadie capaz de lograr que sus pasiones, sus pensamientos o sus determinaciones sean la pasión, la determinación y el pensamiento del alma colectiva. No creo que exista ni en el pretérito ni en el presente un hombre capaz de actuar sobre las masas como el cincel del artista que confiere caracteres de perennidad a la materia inerte. El dirigente de los grandes movimientos populares es aquel que posee una sensibilidad, una capacidad plástica para captar y resumir en un momento dado el impulso que labora en el agitado subfondo del alma colectiva; aquel que se convierte en antena hasta donde ascienden a buscar expresión, para luego volver metodizadas al seno de donde han salido, las demandas de lo moral, de lo justo, de lo bello, en el legítimo empeño humano de avanzar hacia mejores destinos.

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Nos ha bastado proclamar que aspiramos a la restauración moral y democrática de la República. Y esa fórmula diáfana y sencilla ha sido entendida por las gentes de Colombia con toda la fuerza real y trascendente que encierra su contenido. Solo los que integran y especulan con el país político no encuentran en ella mérito ni sustancia, unos por dañada intención y otros por culpable ceguera. Con fundamento sólido los pensadores y exégetas del mundo presente, cuya misión consiste en organizar los elementos dispersos de que se compone la verdad social de un país, nos recuerdan con énfasis que el primordial de los problemas que confronta la actualidad es el problema moral. Y cuando dicen problema moral no enuncian una frase vana de significación teórica, ni una simple norma de carácter doméstico para la convivencia entre los miembros de la familia, ni aun la simple pulcritud en el manejo de los bienes públicos. Ellos saben, y nosotros lo sabemos también, que la moral, socialmente entendida, es todo eso y algo más que todo eso. Cuando decimos moral, definimos la fuerza específica de la sociedad.

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También así queda explicado por qué nunca hemos entendido que el tremendo desajuste que de tiempo atrás registra la vida colombiana pueda ser circúnscrito a causas simplemente transitorias, anecdóticas o efímeras, sino que es el resultado de una abominable realidad histórica que no puede ser corregida con ardides estratégicos, con jugadas circunstanciales, con habilidades curialescas, con simples enmiendas burocráticas, sino abocándola en conjunto, con un cambio de frente, con la creación de un clima distinto.

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Una propaganda aviesa ha reemplazado el convencimiento y convertido en capitanes de revolución a satisfechos gozadores de la cosa pública y en agentes reaccionarios a los hombres de avanzada. El respeto a la Constitución y a la ley está suplantado por la habilidad para los pretextos tendientes a justificar su violación. De este caos surgen militares que olvidan nuestra incancelable devoción por las normas de la vida civil y pretenden hacernos retroceder a tiempos primitivos con mengua de nuestras costumbres cívicas, y quienes aplican sanciones con desprecio de normas constitucionales y legales de universal acatamiento en el mundo civilizado. La obra y la realización son sustituidas por el fatigante método de las promesas. La mayoría ciudadana está ausente del deber de intervenir en las elecciones, mientras en algunos lugares los políticos intentan la corrupción por medio de la compra del voto, y en otros establecen el imperio de los mismos vicios de fraude de ayer y anteayer. Se habla espectacularmente de la defensa de los hogares obreros y de la clase media, al mismo tiempo que las entidades públicas desarrollan la más escandalosa labor de propaganda alcohólica y de estímulo al juego. Los funcionarios se ufanan de su creciente triunfo en el comercio de tósigos embriagantes que la raza paga al precio de su degeneración. En fin, es innecesario continuar enumerando lo que todos sabemos y todos confesamos, con la diferencia de que unos lo decimos en público y otros practican la táctica de callarlo, pues juzgan más importante la conservación de sus privilegios, que reposan sobre la santidad de la mecánica política.

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Los ciudadanos quieren y necesitan una administración fácil, rápida, eficaz no entrabada por el papeleo inútil ni por el molondrismo enmarañado que convierte en problema heroico la resolución de sus pedimentos o demandas. Y esto no puede lograrse con teóricas normas llamadas a enriquecer los polvorientos archivos, sino con una dinámica humana, con el ejemplo real de los jefes, con el ascenso para el que trabaja y es capaz, con la exclusión de los ineptos. Muy abundosos en la expresión verbal hemos sido en relación con el problema de la inmigración extranjera. Otros países de nuestra América han derivado inmensos beneficios de ella y los han logrado por tener un sistema y poseer un objetivo. En cambio nosotros la hemos dejado en brazos del azar, sin método y condicionada también al mercado de las influencias. Nosotros, lo mismo que los demás pueblos jóvenes, necesitamos el aporte de una inmigración que desarrolle actividades técnicas y creadoras; que ofrezca posibilidades de adaptación estable y de compenetración con nuestro medio. Pero en nada nos favorece la afluencia de elementos que permanezcan como extraños; que representen una simple especulación interna, diaria e improductiva; que desalojen a los connacionales de las actividades que desarrollaron con su propio esfuerzo, que utilicen medios de corrupción para su medro, o que lleguen con el solo ánimo de hacer rápida fortuna mediante la explotación de nuestros trabajadores humildes, a quienes tratan con insolencia que contrasta con el servilismo empleado ante quienes gozan de influencias y poder.

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