El hombre-tigre de la “civilización”


Tiger manHorrorizan los crímenes diarios de nuestras sociedades, sea la que sea. No sólo los crímenes de una sociedad sitiada como la colombiana o de sociedades violentadas como las africanas o americanas, sino también aquellas de las que se esperaría mayor decoro humano o que se presentan a sí mismas como los parangones de la civilidad o la modernidad.

Uno de los crímenes atroces que me espeluznan es el ataque con ácido. Éste es bien común en países pobres, lo que incluye Camboya o Colombia, pero también pasa en Estados Unidos o en Gran Bretaña.  Es un crimen tan solapado y cobarde que la mayoría de los países no tienen legislaciones que le den un castigo ejemplar. Se requiere siempre que prolifere, como pasa en Camboya o en Colombia, para que se tenga que hacer presión a los mediocres sistemas judiciales de dichos países.

Pensar pues en cómo un ser humano llega a semejante decisión como es la de querer destruir la vida de otro ser humano, nos hace concluir que aún vivimos en los albores de la evolución. Es que hace tan sólo diez mil años que descubrimos la agricultura, que es la madre de la civilización. Diez mil años es tan sólo un ayer, es demasiado poco tiempo si consideramos los más de 6 millones de años de nomadismo del homo sapiens. Es decir, hace poco éramos todavía seres selváticos o de desiertos, que poblamos la tierra poco a poco por un sólo motivo: la búsqueda incesante de comida. Éramos un animal depredador y quizá el más peligros porque la Madre Naturaleza nos desarrolló el cerebro de manera desproporcionada. Pensemos sólo por un momento en el tigre de las sábanas africanas que vive sólo para comerse a los herbívoros entre los cuales vive. Si en algún momento del tiempo el tigre desarrollara su cerebro como el nuestro y comenzara a pensar ¿creerías que por ello dejaría de comerse a sus compañeros de selva? Yo no creo: se haría aún más peligroso, más efectivo en su carnicería. El cerebro requiere más que desarrollo para darnos la civilidad.

Seguimos siendo salvajes. De ahí que el ser humano para ser auténticamente humano, requiere de formación. Esa formación nos hace diferentes del tigre carnicero. Pero aún, por más que muchos estudien, sigue el grito del cazador en nuestro subconsciente: seguimos a la guardia, al asecho, con temores y violencia, desgarrando la carne del otro. Sólo en eso podremos comprender el origen de semejantes crímenes contra nuestros propios congéneres. Quien comete semejantes crímenes sólo puede recibir como castigo el alejamiento de la cívitas y el perderse en lo salvaje, con las bestias, siguiendo las huellas de nuestros ancestros cazadores.

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