Proceso de paz


  • Hay que evitar el combate en lugar de vencer en él. Hay triunfos que empobrecen al vencido, pero no enriquecen al vencedor (Juan Zorrilla de San Martín).
  • Aquellos que apoyan la guerra en vez de los procesos de paz, es porque tienen todo el poder y el dinero para seguir en guerra. 
  • Colombia es el país más desigual del Hemisferio Occidental y eso es uno de los principales focos de la violencia por décadas.

Los guerrilleros colombianos son en el fondo eso: colombianos. Como tales, hablan siempre de más, son tendenciosos, maliciosos, hacen bromas en medio de situaciones tensas y se vanaglorian de su propia fuerza e influencia. Eso, en síntesis, reúne algunas características del colombiano común, las cuales pueden ser aplicables a políticos, periodistas, paramilitares, criminales “comunes” y gente de a pie. Pero en momentos como un proceso de paz, todos esos defectos (¿o virtudes?) del colombiano, se convierten en leña para alimentar los odios de sus más acérrimos enemigos.

¿Quién quiere un proceso de paz con estos colombianos matones, secuestradores y amenazadores?

En realidad más de los que la “opinión pública colombiana” piensa. Hay que aclarar que dicha “opinión pública” no es la mayoría, por una operación matemática simple: la mayoría de los colombianos somos pobres. Como buenos (¿o malos?) pobres, no tenemos acceso a los medios de comunicación ni mucho menos influencia en ellos. Quitemos pues a los pobres colombianos – que no son solo aquel 30 % que vive bajo el límite de la pobreza y que de por sí ya es demasiado (más de 15 millones de personas), sino que es necesario incluir a una clase media más bien pobretona que vive siempre colgada, un colombianismo que significa vivir al tope, con el dinero justo para lo justo, aunque también gasta más de lo que necesita.

Eso hace que la “opinión pública colombiana” sea más bien cosa de unos pocos y de unos pocos con dinero. Es claro que aquellos que pregonan la guerra, que abanican el capote con tanta bravura y financian campañas para desprestigiar los intentos de procesos de paz, no son otros que los poseedores mismos de los medios y el dinero suficiente para financiar la guerra misma. Sin duda, el caso más colombiano y contemporáneo fue el de Pablo Escobar, quien se atrevió a desafiar a todo un Estado, simplemente porque tenía con qué y con quién.

Como en toda la historia del mundo, los gamonales de la guerra las luchan con las manos de los humildes. Bien decía Jean Paul Sartre: “Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren” y Leon Tolstoi: “Para los historiadores, los príncipes y los generales son unos genios; para los soldados siempre serán unos cobardes” y como en el poema de Ricardo Carrasquilla, “El mono y el gato“, el simio utiliza la mano del gato para barrer la caliente estufa.

Una prueba de que es el pobre colombiano quien apoya el proceso de paz en la Habana es, a mi parecer, el segundo triunfo de Juan Manuel Santos. Toda la popularidad del presidente viene del pobre y de la esperanza del fin de la casi centenaria guerra que nos embarga. Porque es el pobre quien ha puesto el muerto, quien ha llorado lágrimas de sangre. No el rico colombiano, cómodo y perezoso, con el dinero suficiente para pagar guardaespaldas o grupos armados paramilitares para defender su cuantiosa heredad. Es pues lógico que dicha clase comodona vea con grandes preocupaciones un proceso de paz.

Todos entienden que la erradicación de las guerrillas colombianas por medio de una solución armada estilo Sri Lanka no es posible. Recordemos que el presidente Mahinda Rajapakse tomó la decisión de confrontar totalmente al LTTE, la guerrilla tamil, con una victoria absoluta el 18 de mayo de 2009. Pero hablamos de un país que cabe entero entre los departamentos de Boyacá y Cundinamarca. Por otro lado, la solución de Rajapakse ya se ha intentado muchas veces en 50 años de historia del conflicto colombiano sin resultados para nada positivos. Las guerrillas y la violencia en Colombia es sin duda una hidra de lerna.

Nos queda entonces un proceso de paz y es una voluntad del pueblo colombiano – de esa mayoría pobre y esperanzada que votó por Santos, mal que bien.

Quienes hacen campaña en contra del proceso de paz no creo que sean completamente honestos ni sinceros. Profetizar apocalípsis milenarios como el fin de las libertades sociales – ¿cuáles libertades con una salud pública en picada, una educación mediocre y un desempleo al tope? -, la replica colombiana de una Venezuela o el triunfo de las guerrillas en el poder, como lo soñaban, todo eso es una quimera sin razón.

Primero, un diálogo de paz es un proceso entre dos poderes en el cual se llega a un acuerdo que debe beneficiar a ambas partes y obligarlas bajo las mismas condiciones. No es posible presentar el proceso de paz como una entrega del poder o una abdicación a la democracia y el inicio de un “socialismo del siglo XXI” como lo exponía Hugo Chávez.

Segundo, este proceso de paz tiene el apoyo absoluto de las potencias del mundo, Estados Unidos y Europa en particular. Por lo tanto, se trata de un elemento y aporte determinante en lo que vaya a ser la sociedad colombiana en lo siguiente.

Tercero, el fin del bloqueo económico a Cuba por parte de los Estados Unidos implica un gran beneficio para Colombia. Recordemos que el conflicto colombiano no es tan colombiano. Es un conflicto de Guerra Fría en el cual partes como Cuba han jugado un papel determinante. Cuba ha sido siempre un país interventor en Colombia y es un secreto a viva voz. Con la apertura a Occidente, Cuba comenzará a ser más como Vietnam, más abierto y tolerante, con una nueva generación que seguramente hará cambios radicales en el viejo socialismo de los Castro y que tendrá repercusiones en nuestro Hemisferio Occidental. ¿Cómo podría abrirse Cuba y cerrarse Colombia? ¿Cómo podrían llegar al poder de un país tan hondamente occidental, un grupo de viejos con ideologías anticuadas del desarrollo, la economía y la organización social?

Si pasara que los guerrilleros llegaran al poder en Colombia y establecieran el chavismo, no creo que eso dure en un país crecido en la guerra. Será inevitable que los líderes guerrilleros participen de la democracia y que incluso hagan serios aportes al desarrollo del país. Por más que su organización clandestina y matona haya hecho más daño que bien en medio siglo de monte y balín, tienen varios principios que nadie puede negar, ni siquiera la clase dirigente colombiana con su retórica derechista y no pocas veces fascista: es preciso acabar con la desigualdad social en Colombia, uno de los países del mundo con la mayor brecha social. Eso nadie lo discute.

Santos presiona la mesa de negociaciones y hay espera de lo que podría ser el proceso de paz que esperemos. Después de éste, vienen duros años de reconstrucción y se va a requerir mucho apoyo, dentro y fuera del país. Decía Juan Zorrilla de San Martín: “Hay que evitar el combate en lugar de vencer en él. Hay triunfos que empobrecen al vencido, pero no enriquecen al vencedor”.

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