Los espasmos de la violencia


  • Cuando un hermano es capaz de decirle al otro “te voy a matar” y a nadie le importa, se hace como un lenguaje común.
  • Cuando una población llega a decir estas frases para justificar la muerte de una o varias personas de su propio pueblo, entonces se revela un profundo contexto de violencia en donde el asesinato es una forma de convivencia social.
  • Se comete entonces un error imperdonable que es reproducido por medios psicópatas, por la escuela psicópata, por la calle psicópata en donde todos miraron pero nadie vio.

La cultura de la violencia no se puede medir únicamente en cifras de muertos o actos de violencia física en calles y campos de un país imbuido en la violencia. Cada que pasa el tiempo se hace más difícil detener el círculo vicioso de la violencia y se presenta un estado de espasmo de sus habitantes. Es este espasmo de la violencia el cual es necesario analizar con lupa interdisciplinaria y con un profundo sentido de responsabilidad social. Porque en este espasmo se encuentra la semilla misma de la violencia, la cual se reproduce en otras esferas, como las esporas que son puestas en el aire para que el viento las lleve a otros rincones y florezcan nuevamente.  

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        La cultura de la violencia se mide en el lenguaje, las actitudes, el nivel de matoneo en las escuelas, el nivel de agresividad en el hogar. Cuando un hermano es capaz de decirle al otro “te voy a matar” y a nadie le importa, se hace como un lenguaje común. Cuando los sujetos de un territorio se tornan indiferentes ante la noticia de la muerte de una persona o incluso de muchas o, aún más, de masacres.

       Pero uno de esos indicadores es cuando se busca instintivamente una justificación para esa muerte con frases como estas:

  • Quién sabe por qué lo mataron.
  • Quién sabe qué debía.
  • Quien la hace, la paga.
  • Algo debía.
  • A nadie lo matan en la víspera.
  • Se la buscó.
  • Ahí quedó.

       Cuando una población llega a decir estas frases para justificar la muerte de una o varias personas de su propio pueblo, entonces se revela un profundo contexto de violencia en donde el asesinato es una forma de convivencia social. Matar a otro no es ya visto como un crimen, sino como el producto de un proceso determinado aceptado socialmente. La razón por la cual es un proceso aceptado tiene que ver también con un contexto de impunidad, en donde las instituciones de estado son débiles o cómplices de la violencia misma.

      Estas frases vienen del corazón de una sociedad llena de miedo, que sabe que la muerte es la respuesta a ciertas actitudes. Esto se puede probar en experiencias trágicas como los campos de concentración de los nazis durante la II Guerra Mundial o los campos de concentración agrario de los jemeres rojos en Camboya entre 1975 y 1979. Las personas que sobrevivieron dichas experiencias de máxima y cruel reducción humana, lo hicieron en parte porque pudieron manejar el delicado hilo de pasar desapercibido a los ojos de los verdugos y el seguimiento estricto de cualquier orden o capricho de los verdugos. En dichos ambientes, el precio de la vida humana se reduce tanto, que la muerte se convierte en un acto cotidiano, las relaciones con las otras víctimas pueden llegar a desvanecerse, en general los sentimientos de solidaridad se acaban, cada quien se preocupa en tratar de sobrevivir y en no ocuparse de nadie más. Ese estado psicológico es terrible. Es peor que el infierno mismo. El valor de la vida humana es tan nimio, que cosas como la dignidad, la empatía, la misericordia, pasan a un segundo plano. La mente y quizá el espíritu de las personas comunes se hace esclavo absoluto del tirano y del verdugo, el cual puede hacer con el cuerpo de la víctima lo que quiere, con la más completa impunidad y sin el más mínimo asomo de recato o compasión.

       La violencia en un país no nace por ósmosis, no surge simplemente así, mucho menos en sociedad organizadas con un aparato de estado determinado, con valores sociales y religiosos concretos. No existen pueblos naturalmente violentos como aducen ciertos pensadores externos de países industrializados que se piensan a sí mismo civilizados, con la abierta ignorancia de que todos los humanos, todos los pueblos, venimos de épocas de barbarie, de mutua agresividad y actos crueles que rayan con la locura. Justamente esas sociedades industrializadas de calma completa, se crearon por medio de siglos de desarrollo de normas que ayudaron a contener el lobo escondido en el corazón del ser humano. Sin dichas normas, todos, aún en las sociedades mundiales de más alta alcurnia, terminarían devorándose los unos a los otros. La prueba la vemos en todos esos individuos que salen de esas supuestas sociedades civilizadas y entran a países más pobres para dar rienda suelta a sus apetitos de sangre, violencia, enfermedades mentales, convirtiéndose en animales feroces, depredadores sexuales, templos del vicio y el despilfarro y protegiéndose bajo el contexto de corrupción y falta de autoridad en países pobres.

       Pero en cuanto a esta población aterrada por la violencia, capaz de decir frases como esas para justificar la muerte de sus propios compatriotas a manos de verdugos que matan por ver caer, se puede decir que la violencia siempre tendrá responsables, los cuales se aprovechan de la misma y eso es la total sumisión de las víctimas, como se expresó antes. Cuando las víctimas potenciales, aquellos que temen ser el siguiente en la lista de muerte, se sienten vulnerables, abren todo el espacio al victimario. No sólo eso: lo terminan viendo como a un héroe, le sirven, incluso si no le conocen el rostro.

       Por lo tanto, toda muerte ya no es culpa del victimario – él es así y así lo aceptamos – sino que es culpa absoluta de la víctima: él se lo buscó… si hubiese seguido los parámetros de la norma social impuesta por el victimario, no habría perdido la vida, por lo tanto es la víctima la que se lo buscó, actuó como un tonto…

       Este hecho es inaudito en cualquier sociedad y es necesario denunciarlo de manera inmediata, sea cual sea el contexto. Si la vida del ser humano es importante y digna de respeto, no existe ninguna justificación a su muerte violenta. Si la víctima cometió un acto deplorable socialmente, con su muerte violenta el victimario cometió un acto aún más grave, porque si el primero cometió un error o un acto ilegal, tiene que responder frente a la justicia, pero si es asesinado, no existe ninguna reparación auténtica, por lo tanto es más perverso quien lo asesina que la víctima misma.

Tareas para la recuperación

       Definitivamente una población que busca encontrar razones tangibles para justificar la muerte violenta de otros conciudadanos, es una población con un problema mental serio. La primera reacción ante la noticia del asesinato de tan solo una persona, debe ser de espanto y de solidaridad. Esas dos reacciones son completamente naturales y humanas. Esto se puede evidenciar en aquellas sociedades industrializadas en donde un crimen es ya un evento extraordinario. Cuando se conoce de la muerte violenta o misteriosa de una persona, se presenta una actitud de preocupación nacional y se hace presión desde todos los sectores para que las autoridades esclarezcan el crimen y lleven al criminal a la justicia.

       Pero en una sociedad imbuida por la violencia, la muerte de una persona se vuelve completamente irrelevante y sólo importa a las personas inmediatamente cercanas a la víctima. Las muertes violentas se tornan gradualmente una cifra, gracias a la acción de medios de comunicación que también participan en su respectiva extensión de una cultura psicópata y psicótica. Las ciudades de aquel país comienzan a medir el nivel de habitabilidad o un supuesto nivel de desarrollo a partir de la referencia matemática de muertes violentas. Por lo general, se pone en evidencia la tasa de muertes violentas por cada 100 mil habitantes y se define esto como un nivel de comparación entre ciudades e incluso entre países. Este dato es en sí una aberración humana, porque hace de la vida misma una especie de lotería nacional, un quién va a morir hoy. Más urgente, pragmático y humanista sería partir no del número de víctimas caídas, sino del número de victimarios puestos a órdenes de la justicia y, además, crear elementos que prueben el nivel de eficacia de la justicia misma para garantizar el derecho a la vida y la lucha contra la impunidad.

       La recurrencia de este modo de poner en estadísticas el número de muertes violentas, contribuye a la insensibilidad de todos y la creación de una psicopatía social y nacional. Se comete entonces un error imperdonable que es reproducido por medios psicópatas, por la escuela psicópata, por la calle psicópata en donde todos miraron pero nadie vio. Se da como resultado la expresión del miedo, la apatía por la muerte de otros y la defensa del criminal para dejar a la víctima como culpable de su propia desgracia.

        Dicho criminal, como se insinuó antes, puede ser un sistema completo de corrupción y una alianza de criminales de toda calaña que logra aprovecharse del terror psicológico que causan en una población. Ellos logran crear una sensación de omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia en un determinado territorio. No tienen que promocionarse a sí mismos, porque ya tienen quién los promocione: la misma sociedad aterrada que busca la culpa de la víctima y lava los pecados del victimario.

       La denuncia de este tipo de realidades es perentoria. La formación de los niños y las familias es definitiva, el llamar pan al pan y vino al vino es necesario. Las instituciones tienen que ser depuradas de entes corruptos y de actitudes cómplices con el maligno. Los sistemas educativos y religiosos tienen que regresar a la fuente de lo ético y romper vínculos dañinos con poderes ambiciosos y egoístas que tratan de manipularlos en su favor. Líderes religiosos pusilánimes que tratan de tapar  una realidad de crimen con sofismas religiosos, son líderes falsos que tendrían que ser denunciados como cómplices del mal y no del bien. Maestros que hacen la vista ciega frente a la presencia de la violencia dentro de las aulas, no son maestros de verdad. Políticos que hacen alianzas con criminales, no son políticos, sino que son dictadorzuelos de la peor laya. Una sociedad en general que sale a aplaudir el paso del hampón y se calla ante el atropello al inocente y al vulnerable, es una sociedad falsa, de un falso progreso.

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