“Tengo amigos paramilitares y los voy a mandar a matar”


  • “Tengo amigos paramilitares y los voy a mandar a matar”.
  • “Soy rica y ustedes pobres”.
  • “Pobretón hijueputa”
  • “Espere y verá. Te va a saber a mierda. Pobreton hijueputa”. 
  • “Yo si lo mando matar. La chimba si no”.
  • “Te vas a morir hp”
  • “Yo voté por Duque y tengo amigos paramilitares”.

Hace días escribí la nota Los espasmos de la violencia y tenemos aquí un buen caso para analizar. En ese artículo hago referencia a una cultura psicópata venida de una violencia histórica.

Don Pepe Sierra

Don Pepe Sierra atónito, mira el video de la mujer que grita improperios a unos obreros de Medellín e insiste “yo soy rica y ustedes unos pobretones ahí”.

Estas frases vienen de la boca de una mujer antioqueña que supuestamente tiene una educación superior en una prestigiosa universidad de Medellín. No recuerdo el nombre para no unirme al linchamiento digital público de la cual está siendo objeto la comunicadora y, pienso, que dicho linchamiento es tan violento como su acto mismo, hecho en un momento de locura de la mente, más que el producto de un acto lúcido y reflexivo. El linchamiento digital, en cambio, proviene de usuarios que deberían ejercer un análisis crítico de la situación. El asunto debería saldarse simplemente en una comisaría en la cual la mujer responda por sus actos humillantes y sus preocupantes amenazas de muerte y relación con grupos delictivos. Es muy posible que no lo haya dicho en serio y que no conozca ni al sicario de la esquina, pero debería responder. Pero a esta hora está crucificada en la palestra pública. Su carrera ha quedado en vilo y su nombre es tendencia en redes sociales y motores de búsqueda. Esperemos que lo supere y que encuentre personas que le ayuden en ese difícil trance de su vida.

Pero todo lo que ella dice es muy interesante. Enhorabuena El Espectador hace una buena reflexión en donde recuerda a los economistas Facundo Alvaredo y Juliana Londoño que argumentan que este fenómeno viene de la profunda desigualdad social del país (ver El Espectador, 2018). En el contexto de dicha desigualdad en la cual una minoría acapara todos los recursos de un país y una mayoría no puede, se presenta una tendencia a la humillación de las clases más pobres, es más común el racismo, el sexismo, la discriminación contra minorías y grupos desfavorecidos y un complejo de superioridad.

Es muy brillante este nombre que se le da a esta anomalía social y que sale de la misma ocurrencia popular: el síndrome de usted no sabe quién soy yo. Es más recurrente de lo que uno se imagina. No es que esta mujer antioqueña sea un caso único. Es que este es uno de los pocos casos en los cuales la víctima del abuso puso la cámara de su celular para crear después una evidencia visual, que es la que todos ven y causa la indignación. Pero los casos son millones en una sociedad como la colombiana y muy especialmente de estas clases sociales que se creen las dueñas del país. Estas mismas palabras se dicen a diario, en todas partes, contra los obreros, contra los empleados domésticos, contra los campesinos, indígenas, afrocolombianos, etc, etc…

Los nuevos ricos

No es que los ricos tradicionales fuesen o son una ancheta de virtudes. Pero es necesario analizar este fenómenos de los nuevos ricos en Colombia, porque estos no tienen el mismo origen que los ricos antiguos.

Los ricos tradicionales de Colombia son blancos y descendientes directos de los conquistadores españoles y después de los criollos que lideraron las gestas de independencia. Recordemos que no querían que fueran los mestizos, campesinos, indígenas y afro descendientes los que lideraran dichas gestas y por eso traicionaron la revolución de los comuneros, que era un movimiento propiamente popular.

Las riquezas de esos viejos ricos tradicionales viene entonces de la explotación de las minas en todo el país, de la presencia de colonos y del latifundio. Esos ricos fueron desde fines del siglo XIX y ya aún en medio de las guerras civiles, a estudiar a Europa y a beber de la flor y nata de las más altas alcurnias, especialmente francesas. Eran profundamente cultos, leídos, instruidos, de un gran recato, caballeros a carta cabal, damas de la más alta delicadeza, que hablaban francés e inglés y que habían recorrido el mundo. Pero también eran racistas, herederos de la paranoia española de no mezclarse ni con negros, ni con indios, ni con mestizos y de ahí surgieron las divisiones de los pueblos hispano-americanos en intramuros (el caso del centro histórico de Cartagena o en Manila) en donde vivían los blancos y, el resto, afuera de los muros, en los resguardos indígenas unos y en los palenques los otros.

En Antioquia todavía se hablaba hasta hace poco de pueblos de blancos pueblos de negros y una preocupación por las genealogías para garantizar la blanquizidad  de cada quien. Además de todo eso, eran delicadamente hipócritas, en donde los blancos dejaban su simiente al de fuera de intramuros protegidos por un sistema religioso de un catolicismo a ultranza que despreciada a los llamados hijos naturales  y los desheredada sin compasión.

Pero toda esa historia – nostálgica para muchos de nuestros abuelos blancos, especialmente – se desmoronó. Y todo se debió al surgimiento de los nuevos ricos, no del producto del desarrollo y del progreso de un pueblo que hubiese abrazado un proyecto democrático de unidad, sino de la mano de las mafias del narcotráfico.

Fue este Pablo Escobar quien democratizó el acceso al poder económico y político. Cualquiera podía ingresar a esa clase de ricos intramuros y hacer lo que se le viniera en gana, pero al precio del crimen organizado.

Esta mujer, efectivamente, no viene de esa clase tradicional de ricos. Es muy posible que ni siquiera pueda ser considerada rica en sentido estricto. Pero sus gritos son, quizá, de una represión histórica a los más pobres que nunca tuvieron otra opción que llegar a vivir en intramuros que no fuera la del crimen.

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