Si viene a Colombia, no vaya en bus


Por fortuna estamos viendo como proyectos de sistema masivo como el Metro y el Transmilenio se están convirtiendo en necesidades requeridas por todos para nuestras ciudades colombianas. Se rompen calles en Medellín, Bogotá, Cartagena de Indias… para dar vía a sistemas que están acordes con los requerimientos de lo que se piensa como una ciudad moderna. Sin embargo, aún van por las vías ese sistema raquítico que hace olvidar las ciudades que queremos y nos pone de frente a un auténtico campo de batalla: los buses corrientes del transporte urbano.

El 9 de septiembre comenzó normalmente para algunas personas que viven en el barrio Castilla de Medellín, uno de esos sectores cuyas viviendas se cuelgan de las laderas andinas de la capital antioqueña. Temprano salen obreros y estudiantes para bajar al centro de la ciudad, especialmente aquellos que viven retirados de cualquier estación del silencioso Metro de Medellín. Ellos tienen entonces varias opciones, numerosas y en realidad rápidas, conocidas como Transportes Medellín y Transportes Castilla.

Describir los buses de esas empresas, como de todas las empresas del Valle de Aburrá, es fácil: un camión casi siempre amarillo, a la entrada una registradora que es un objeto metálico con cara de robot que da vueltas cuando pasa el pasajero después de pagar 1.200 pesos (algo así como medio dólar) y una serie de sillas estrechas. Esos son los buses urbanos de Medellín, pero son lo mismo en Bogotá, Cali, Barranquilla, Bucaramanga…

Marcela se detuvo en una esquina del barrio a esperar la buseta desde la cinco de la mañana para ir a trabajar. En efecto llegó una de Transportes Castilla con placas TME 463 y ella recuerda que el conductor era extremadamente joven, que venía conservando muy alegramente con otro muchacho que le hacía de ayudante y que tenía la música a todo volumen. Cuando ella pasó la registradora y le dio los 1.200 pesos, no tuvo tiempo de buscar un asiento, porque el conductor puso en marcha la buseta a gran velocidad sobre una de las pendientes de Castilla. Como pudo se sentó y recuerda que varios taxistas le gritaron al conductor que rebajara el volumen de la música. Ella estaba abriendo una de las ventanas del rápido vehículo cuando este se aproximaba a la curva en el barrio Francisco Antonio Zea. En ese momento vio como el muchacho que conducía la buseta estaba diciéndole algo al ayudante cuando perdió el control. Marcela vio como el jovencito empezó una desesperada lucha con la cabrilla para controlar el volumen de la buseta que perdía la ruta. Entonces ella sostuvo con fuerza su cartera en donde estaba el celular y varios documentos y sintió como su cuerpo se elevaba hacia ningún lado. No pudo ver el momento en el cual la buseta sin control, dueña de sí misma e indiferente a todo comando humano, se entraba por un callejón inusual y solitario para descansar rabiosamente contra la fachada de una panadería en donde un barrendero ausente se salvó esa mañana por haberse quedado dormido en su casa y no venir a trabajar a tiempo.

Cuando la buseta descansó de su viaje loco, Marcela se vio debajo de la registradora sin tener que pagar nada y sintió el desespero de todos por romper los vidrios que por fortuna no se vinieron a astillar sobre su rostro, pues no podía mover ni siquiera el cuello. Pronto vio entrar en el bus a un muchacho que le dijo que le diera el bolso, entonces volvió a recordar el celular y le dijo que no, que la ayudara a salir. Cuando la sacaron para ponerla en una ambulancia, vio al joven conductor completamente ileso, pero con la mirada de terror en su rostro, ya sin música y sin la conversación que quedó en un continuará eterno.

Pan cotidiano

Pero la aventura de Marcela no es única en Medellín ni es chiva la velocidad que estas empresas empléan para llevar a los pasajeros por la ciudad. Transportes Medellín y Transportes Castilla son los más reconocidos en accidentes de este tipo. La gente dice que los conductores son muy jóvenes e inexpertos, que ponen los controles en determinados sitios y que empiezan la carrera lentos, pero de un momento a otro aumentan la velocidad para cumplirle al control, que los conductores no tienen conciencia de que prestan un servicio a la comunidad, sino que asumen que estos son solo carga. El accidente de Marcela y todos los desventurados que no olvidarán el despertar del 9 de septiembre, no es el único y es más frecuente de lo que nos imaginamos. En todos coinciden los mismos elementos: exceso de velocidad.

Haciendo un sondeo en diferentes sectores de la ciudad, muchas personas dicen que otras empresas como Circular Sur, Coonatra, Santra, El Poblado Laureles, Belén… incurren en lo mismo: exceso de velocidad, más un trato descortés al pasajero. Según un testimonio, en un bus de Circular Sur que iba por la Avenida 80, una mujer con un bebé de brazos pasó la célebre registradora y entonces el conductor comenzó la marcha a gran velocidad sin darle tiempo para sentarse. La mujer le dijo que esperara y el conductor le gritó que no estaba “en un taxi”, lo que le valió la rechifla de los demás pasajeros.

La guerra del centavo es una de las causas de una situación antigua que pocos alcaldes han querido detener en las ciudades colombianas. Si bien los nuevos proyectos van conquistando poco a poco el panorama urbano, es perentorio que se termine con los verdaderos atropellos que sufren los que tienen que tomar esta clase de servicio y ponerse a merced de los caprichos de los conductores. ¿Qué dirán los turistas extranjeros ante esto? No es ni siquiera necesario subirse para comprobarlo. Hace poco me paré en el hermoso Parque de los Deseos de Medellín a observar los vehículos que pasan por la ahora bien trazada Avenida Carabobo. Por allí bajan los buses de Aranjuez, Popular y muchos otros. Si los planes de desarrollo urbano le dieron otro ambiente al lugar con árboles, zonas peatonales, ciclovías y demás, los buses pasan con ese afán desastroso que rompe esa armonía.

Por lo pronto, la comunidad está llamada a actuar, mientras los alcaldes se animan a tomar esos buses y sufrirlos por su propia cuenta. Si usted viaja en un bus que viola los límites de velocidad, anote las placas y la empresa y denúncielo. Si todos denunciamos, seguro que la presión dará resultados. ¿Qué pasaría si todos los pasajeros se unen para protestar en contra de un conductor que viola los límites?

Recuerde que el límite de velocidad establecido para un bus urbano es de 60 kilómetros por hora. Por otro lado, si se va muy lento y se detiene por largos minutos en los paraderos, también está infrinjiendo las normas. Comparte y denuncia tus experiencias en este artículo.

Si estás en una ciudad colombiana ¿se tiene esta misma experiencia? ¿Qué ha sucedido?

Si estás en otra ciudad latinoamericana ¿pasa lo mismo? ¿Cómo es el medio urbano de transporte en esa ciudad?

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Un comentario en “Si viene a Colombia, no vaya en bus

  1. Si como ese accidente que narras suceden más, pienso que hay influencias que apoyan a Transportes Medellín, porque es inaudito que aún no se tomen medidas a pesar de.

    Avalo tu sugerencia y le contaré a la gente de mi entorno laboral con los que utilizan este medio de trasnporte, para que independiente de la ruta de bus que utilicen, denuncien los exagerados niveles de velocidad. Es por el bien de todos.

    Plausible esta entrada.

    Besitos para tí Albeiro con los afectos de siempre!

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